miércoles, 22 de marzo de 2017

Peripecias en la escritura de Cien años de soledad

Dramatizado:

         PERIPECIAS EN LA ESCRITURA DE CIEN AÑOS DE SOLEDAD[1]

El texto es una creación y adaptación a partir del discurso del premio nobel de literatura Gabriel García Márquez pronunciado en el IV congreso de la lengua castellana en el que cuenta cómo escribió la novela. El video está publicado en https://www.youtube.com/watch?v=VaC9yIgFQ38

Personajes: Gabriel García Márquez, Mercedes (esposa), Empleado compraventa, Cartero y Francisco Porrúa (Editorialista).
Letreros: Casa de Gabriel, Oficina de correos de México y Compraventa El Muelle
_____________

Narrador: Por aquellos tiempos Gabriel García Márquez residía en ciudad de México, Distrito Federal, para entonces el literato colombiano tenía 38 años de edad; aunque él tenía la costumbre de sentarse a escribir todas las mañanas desde los 17 años.

(Gabo: aparece en su casa sentado en una silla con su esposa Mercedes).

Gabo: ¡Oye¡ Mercedes ha llegado la hora de que me dedique a escribir la novela de mi vida. Me voy a encerrar y no voy a trabajar hasta que termine de escribirla.

Mercedes: Gabo! ¿Cómo se te ocurre? Y, ¿de qué vamos a vivir: tú, tus dos hijos y yo?

Gabo: es una decisión y de esta nadie me hace cambiar de opinión.

Mercedes: Jummm!, ya veremos, a ti quien te hace cambiar de idea.

Gabo (va al escritorio se sienta y comienza a escribir): 

“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó  a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo”.

Narrador: Así fueron pasando las horas, los días, las semanas, los meses. Mientras tanto.

Mercedes: Hay Dios! ¿No sé qué hacer?. Ya nadie nos quiere fiar, le debemos a la tienda de Apolinar, al paisa, a la tienda variedades Maite, a la tienda de don José, al peluquero del pueblo y ciencuenta pesos de pan en la panadería de Jorge. En la casa ya no queda nada de valor para vender.

Narrador: Gabo parecía no enterarse ni preocuparle nada y seguía en su habitación escribiendo el relato. Y continuaba en su tarea de escribir la novela.  En este momento escribe sobre el recién nombrado corregidor de Macondo don Apolinar Moscote, que acaba de llegar de quién sabe dónde.

Gabo: “Apolinar inició sus funciones. Puso una mesa y una silla que las compró a Jacobo, clavó en la pared un escudo de la república que había traído consigo, y pintó en la puerta: Corregidor. Su primera disposición fue ordenar que todas las casas se pintaran de azul para celebrar el aniversario de la independencia nacional. José Arcadio Buendía, con la copia de la orden en la mano, lo encontró durmiendo la siesta en la hamaca que había colgada en el escueto despacho. Usted escribió este papel, le preguntó. Don Apolinar Moscote, un hombre maduro, tímido, de complexión sanguínea, contestó que sí. “Con qué derecho?” volvió a preguntar José Arcadio Buendía…. He sido nombrado corregidor de este pueblo. En este pueblo, -dijo José Arcadio-, no mandamos con papeles y para que lo sepa de una vez, no necesitamos de ningún corregidor porque aquí no hay nada que corregir. Ante la impavidez de don Apolinaar Moscote sin levantar la voz, hizo un pormenorizado recuento de cómo habían fundado la aldea, de cómo se había repartido la tierra, abierto los caminos e introducido las mejoras que les había ido exigiendo la necesidad, sin haber molestado a gobierno alguno y sin que nadie los molestara, “somos tan pacíficos que ni siquiera nos hemos muerto de muerte natural –dijo-, ya ve que todavía no tenemos cementerio”.

Narrador: A esta altura de la vida del hogar de Gabo no quedaba recurso alguno en casa.

Mercedes (Grita): Gabo, Gabo, ya no queda dinero. Por eso, acompáñame a la prendería voy a empeñar mis joyas.

Gabo (sin inmutarse): No hay de otra. Vamos (se levanta, toma del brazo a Mercedes y van a la prendería).

Prestamista: Muy buenas tardes. ¿Qué se les ofrece a los señores?

Mercedes: Don Lesma, ¿cuánto nos puede dar por estas joyas?

Prestamista: Permítame las joyas, por favor, vamos a ver. (Recibe las joyas, las observa con la lupa, les hecha el líquido y finalmente dice:) ¡Qué pena Señora!  Pero esto es puro vidrio. Pero, ya que se trata de Ustedes voy a hacer una excepción. ¿Cuánto es lo que necesitan?

Gabo: Bueno, nosotros necesitamos doscientos pesos.

Prestamista: Uyy, mi señor, eso es mucho dinero. Y, ¿cuánto me pagarían mensualmente?

Mercedes: No, señor. Nosotros no le podemos pagar mensualmente, porque mi esposo está sin trabajo, pero, en 6 meses él termina la novela y de allí nosotros le pagamos.

Prestamista: Bueno, pero, debo advertirle que eso es mucho dinero. Voy a hacer primero el pagaré. A nombre de ¿quién hago el documento?

Gabo: De los dos claro está.

Prestamista: Permítanme por favor sus documentos de identificación, y conste que solo por tratarse de Ustedes les voy a prestar el dinero que necesitan. No me queden mal ehhh.

Mercedes: muchas gracias, nosotros le vamos a pagar hasta el último céntimo con sus intereses.

Prestamista: Eso espero. (Se toma unos momentos para llenar los documentos). Señora por favor firme aquí.

Mercedes (Firma el documento y cuando termina dice) Muchas gracias, (mira a Gabo y le dice) mi amor ahora tú.

Gabo (También firma y devuelve la pluma). Muchas gracias. Estaremos por acá en 6 meses.

Prestamista: Por acá los espero (salen de la prendería).

Narrador: 540 días después de que Gabo hubiera comenzado a escribir su novela la concluía de la siguiente manera:

Gabo (Mientras escribe dice): “Macondo era ya un pavoroso remolino de polvo y escombros centrifugado por la cólera del huracán bíblico, cuando Aureliano saltó once páginas para no perder el tiempo en hechos demasiado conocidos, y empezó a descifrar el instante que estaba viviendo, descifrándolo a medida que lo vivía, profetizándose a sí mismo en el acto de descifrar la última página de los pergaminos, como si se estuviera viendo en un espejo hablado. Entonces dio otro salto para anticiparse a las predicciones y averiguar la fecha y las circunstancias de su muerte. Sin embargo, antes de llegar al verso final ya había comprendido que no saldría jamás de ese cuarto, pues estaba previsto que la ciudad de los espejos (o los espejismos) sería arrasada por el viento y desterrada de la memoria de los hombres en el instante en que Aureliano Babilonia acabara de descifrar los pergaminos, y que todo lo escrito en ellos era irrepetible desde siempre y para siempre porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra”. (Se pone de pie y con mucha alegría dice): Mercedes!!! Mercedes!!! He terminado, he terminado, que suene la música (toma de la mano a su Mercedes y bailan un poco).

Mercedes: Mi amor, es hora de enviar la novela para Argentina a ver si salimos de esta pobreza.

Gabo: Sí mi amor. Me aplico loción y nos vamos. (Muy elegantemente se dirigen al correo. Cuando llegan).

Mercedes: Buenas tardes Señor Hipólito,  ¿Cómo está?

Cartero: ¡Buenas tardes! ¿Cómo están los señores? (Mientras se quita el sombrero).

Gabo: Muy bien don Hipo.

Cartero: ¿Qué se les ofrece?

Mercedes: Mire don Hipo queremos saber cuánto nos cuesta enviar este paquete a Argentina.

Gabo (le pasa el paquete).

Cartero: Vamos a ver cuánto pesa. Son 505 gramos (toma la calculadora y hace operaciones). A ver son 505 por 0,16 centavos son 80 pesos con 96 centavos.

Mercedes (saca la plata, cuenta unos billetes y unas monedas y dice) Todo lo que tengo son 53 pesos.

Gabo: Ni modo, vamos a mandar la mitad no más (abren el paquete y lo dividen en dos partes iguales).

Cartero: Son 40 pesos con 48 centavos.

Narrador: Un poco tristes, pero, con mucha esperanza se dirigen a su casa, mientras van charlando sobre la novela.

Mercedes: ¡Gabo!  ¡Gabo!  ¡Gabo! 

Gabo (sorprendido): ¿Qué pasa mi amor?

Mercedes: ay, mi amor no fue mala intención. Disculpa, pero, hemos enviado la segunda parte de la novela y nos hemos quedado con la primera. ¡Qué pena con el señor de la editorial!

Gabo: Mercedes, Mercedes, tranquila ya no podemos hacer nada. Tenemos que esperar a que tengamos los otros 40 pesos para poder mandar la primera parte.

Narrador: En esas épocas el correo físico se demoraba bastante, por eso, muchos días después, (Suena el teléfono).

Mercedes (Grita) Gabo, Gabo, responde el teléfono que estoy ocupada.

Gabo: Aloo!! Casa de los García.

Francisco Porrúa: Por favor, el señor Gabriel García Márquez.

Gabo: Sí, señor a sus órdenes.

Francisco Porrúa: Chee! Soy Francisco Porrúa de la editorial sudamericana de Buenas Aires en la república Argentina. Permítame felicitarlo por tan buena obra. Estoy ansioso por leer la primera parte y ¿quiero sabe cuándo me la envía?

Gabo: Señor Porrúa, voy a ser muy franco con Usted la verdad que Mercedes y yo no la mandamos completa por falta de dinero y bueno le presentamos disculpar por no haber mandado la primera parte primero. Esto es fruto del azar, y bueno de la prisa que teníamos por enviarle el original. De tal manera, que apenas tengamos el dinero le estaremos enviando.

Francisco Porrúa: Señor García Márquez, no hay problema. Inmediatamente le giro un dinero para que tenga con qué mandar la parte que falta y pasarla inmediatamente a la imprenta.
Gabo: Hombe! Le agradezco mucho.

Francisco Porrúa: Con gusto y estoy pendiente de tu envío.

Narrador: Y, de esta manera, concluyen todas las peripecias vividas por la familia de García Márquez en la bonita aventura de escribir la novela Cien años de soledad, con la cual, en 1982 ganó el premio nobel de literatura. Como enseñanza de esta experiencia de nuestro nobel de literatura; Gabriel García Márquez vio en la escritura una  posible solución a todos esos problemas; también que en cualquier obra pequeña o grande que realicemos debemos hacer las cosas con disciplina, dedicación, constancia y mucha fe.


[1] Creación y adaptación de Segundo Jorge Rodríguez, esp. En Educación: Orientación Educativa y Desarrollo Humano de la Universidad de Nariño y Lic. en Teología de la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá (ciberpastoral@gmail.com).

No hay comentarios.:

Publicar un comentario