Dramatizado:
PERIPECIAS EN LA ESCRITURA DE CIEN AÑOS DE SOLEDAD
El texto es una
creación y adaptación a partir del discurso del premio nobel de literatura
Gabriel García Márquez pronunciado en el IV congreso de la lengua castellana en
el que cuenta cómo escribió la novela. El video está publicado en https://www.youtube.com/watch?v=VaC9yIgFQ38
Personajes:
Gabriel García Márquez, Mercedes (esposa), Empleado compraventa, Cartero y
Francisco Porrúa (Editorialista).
Letreros:
Casa de Gabriel, Oficina de correos de México y Compraventa El Muelle
_____________
Narrador: Por aquellos tiempos Gabriel
García Márquez residía en ciudad de México, Distrito Federal, para entonces el
literato colombiano tenía 38 años de edad; aunque él tenía la costumbre de
sentarse a escribir todas las mañanas desde los 17 años.
(Gabo: aparece en su
casa sentado en una silla con su esposa Mercedes).
Gabo: ¡Oye¡ Mercedes ha llegado la hora de
que me dedique a escribir la novela de mi vida. Me voy a encerrar y no voy a
trabajar hasta que termine de escribirla.
Mercedes: Gabo! ¿Cómo se te ocurre? Y, ¿de
qué vamos a vivir: tú, tus dos hijos y yo?
Gabo: es una decisión y de esta nadie me
hace cambiar de opinión.
Mercedes: Jummm!, ya veremos, a ti quien te
hace cambiar de idea.
Gabo (va
al escritorio se sienta y comienza a escribir):
“Muchos años después,
frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de
recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una
aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de
aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y
enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas
carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo”.
Narrador: Así fueron pasando las horas, los
días, las semanas, los meses. Mientras tanto.
Mercedes: Hay Dios! ¿No sé qué hacer?. Ya
nadie nos quiere fiar, le debemos a la tienda de Apolinar, al paisa, a la
tienda variedades Maite, a la tienda de don José, al peluquero del pueblo y ciencuenta
pesos de pan en la panadería de Jorge. En la casa ya no queda nada de valor
para vender.
Narrador: Gabo parecía no enterarse ni
preocuparle nada y seguía en su habitación escribiendo el relato. Y continuaba
en su tarea de escribir la novela. En
este momento escribe sobre el recién nombrado corregidor de Macondo don Apolinar
Moscote, que acaba de llegar de quién sabe dónde.
Gabo: “Apolinar inició sus funciones. Puso
una mesa y una silla que las compró a Jacobo, clavó en la pared un escudo de la
república que había traído consigo, y pintó en la puerta: Corregidor. Su
primera disposición fue ordenar que todas las casas se pintaran de azul para
celebrar el aniversario de la independencia nacional. José Arcadio Buendía, con
la copia de la orden en la mano, lo encontró durmiendo la siesta en la hamaca
que había colgada en el escueto despacho. Usted escribió este papel, le
preguntó. Don Apolinar Moscote, un hombre maduro, tímido, de complexión
sanguínea, contestó que sí. “Con qué derecho?” volvió a preguntar José Arcadio
Buendía…. He sido nombrado corregidor de este pueblo. En este pueblo, -dijo
José Arcadio-, no mandamos con papeles y para que lo sepa de una vez, no
necesitamos de ningún corregidor porque aquí no hay nada que corregir. Ante la
impavidez de don Apolinaar Moscote sin levantar la voz, hizo un pormenorizado
recuento de cómo habían fundado la aldea, de cómo se había repartido la tierra,
abierto los caminos e introducido las mejoras que les había ido exigiendo la
necesidad, sin haber molestado a gobierno alguno y sin que nadie los molestara,
“somos tan pacíficos que ni siquiera nos hemos muerto de muerte natural –dijo-,
ya ve que todavía no tenemos cementerio”.
Narrador: A esta altura de la vida del
hogar de Gabo no quedaba recurso alguno en casa.
Mercedes (Grita): Gabo, Gabo, ya no queda
dinero. Por eso, acompáñame a la prendería voy a empeñar mis joyas.
Gabo (sin
inmutarse): No hay de otra. Vamos (se levanta, toma del brazo a Mercedes y van
a la prendería).
Prestamista: Muy buenas tardes. ¿Qué se les
ofrece a los señores?
Mercedes:
Don Lesma, ¿cuánto nos puede dar por estas joyas?
Prestamista:
Permítame las joyas, por favor, vamos a ver. (Recibe las joyas, las observa con
la lupa, les hecha el líquido y finalmente dice:) ¡Qué pena Señora! Pero esto es puro vidrio. Pero, ya que se
trata de Ustedes voy a hacer una excepción. ¿Cuánto es lo que necesitan?
Gabo: Bueno, nosotros necesitamos doscientos
pesos.
Prestamista:
Uyy, mi señor, eso es mucho dinero. Y, ¿cuánto me pagarían mensualmente?
Mercedes:
No, señor. Nosotros no le podemos pagar mensualmente, porque mi esposo está sin
trabajo, pero, en 6 meses él termina la novela y de allí nosotros le pagamos.
Prestamista: Bueno, pero, debo advertirle que
eso es mucho dinero. Voy a hacer primero el pagaré. A nombre de ¿quién hago el
documento?
Gabo:
De los dos claro está.
Prestamista: Permítanme por favor sus
documentos de identificación, y conste que solo por tratarse de Ustedes les voy
a prestar el dinero que necesitan. No me queden mal ehhh.
Mercedes: muchas gracias, nosotros le vamos
a pagar hasta el último céntimo con sus intereses.
Prestamista: Eso espero. (Se toma unos
momentos para llenar los documentos). Señora por favor firme aquí.
Mercedes
(Firma
el documento y cuando termina dice) Muchas gracias, (mira a Gabo y le dice) mi
amor ahora tú.
Gabo (También
firma y devuelve la pluma). Muchas gracias. Estaremos por acá en 6 meses.
Prestamista: Por acá los espero (salen de la
prendería).
Narrador: 540 días después de que Gabo
hubiera comenzado a escribir su novela la concluía de la siguiente manera:
Gabo (Mientras escribe dice): “Macondo era
ya un pavoroso remolino de polvo y escombros centrifugado por la cólera del
huracán bíblico, cuando Aureliano saltó once páginas para no perder el tiempo
en hechos demasiado conocidos, y empezó a descifrar el instante que estaba
viviendo, descifrándolo a medida que lo vivía, profetizándose a sí mismo en el
acto de descifrar la última página de los pergaminos, como si se estuviera
viendo en un espejo hablado. Entonces dio otro salto para anticiparse a las
predicciones y averiguar la fecha y las circunstancias de su muerte. Sin
embargo, antes de llegar al verso final ya había comprendido que no saldría
jamás de ese cuarto, pues estaba previsto que la ciudad de los espejos (o los
espejismos) sería arrasada por el viento y desterrada de la memoria de los
hombres en el instante en que Aureliano Babilonia acabara de descifrar los
pergaminos, y que todo lo escrito en ellos era irrepetible desde siempre y para
siempre porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una
segunda oportunidad sobre la tierra”. (Se pone de pie y con mucha alegría
dice): Mercedes!!! Mercedes!!! He terminado, he terminado, que suene la música
(toma de la mano a su Mercedes y bailan un poco).
Mercedes: Mi amor, es hora de enviar la
novela para Argentina a ver si salimos de esta pobreza.
Gabo: Sí mi amor. Me aplico loción y nos
vamos. (Muy elegantemente se dirigen al correo. Cuando llegan).
Mercedes: Buenas tardes Señor Hipólito, ¿Cómo está?
Cartero:
¡Buenas tardes! ¿Cómo están los señores? (Mientras se quita el sombrero).
Gabo:
Muy bien don Hipo.
Cartero: ¿Qué se les ofrece?
Mercedes:
Mire don Hipo queremos saber cuánto nos cuesta enviar este paquete a Argentina.
Gabo (le
pasa el paquete).
Cartero: Vamos a ver cuánto pesa. Son 505
gramos (toma la calculadora y hace operaciones). A ver son 505 por 0,16
centavos son 80 pesos con 96 centavos.
Mercedes (saca la plata, cuenta unos
billetes y unas monedas y dice) Todo lo que tengo son 53 pesos.
Gabo: Ni modo, vamos a mandar la mitad no
más (abren el paquete y lo dividen en dos partes iguales).
Cartero: Son 40 pesos con 48 centavos.
Narrador: Un poco tristes, pero, con mucha
esperanza se dirigen a su casa, mientras van charlando sobre la novela.
Mercedes: ¡Gabo! ¡Gabo!
¡Gabo!
Gabo (sorprendido): ¿Qué pasa mi amor?
Mercedes: ay, mi amor no fue mala
intención. Disculpa, pero, hemos enviado la segunda parte de la novela y nos
hemos quedado con la primera. ¡Qué pena con el señor de la editorial!
Gabo:
Mercedes, Mercedes, tranquila ya no podemos hacer nada. Tenemos que esperar a
que tengamos los otros 40 pesos para poder mandar la primera parte.
Narrador:
En esas épocas el correo físico se demoraba bastante, por eso, muchos días
después, (Suena el teléfono).
Mercedes (Grita) Gabo, Gabo, responde el
teléfono que estoy ocupada.
Gabo:
Aloo!! Casa de los García.
Francisco Porrúa: Por favor, el señor Gabriel
García Márquez.
Gabo: Sí, señor a sus órdenes.
Francisco Porrúa: Chee! Soy Francisco
Porrúa de la editorial sudamericana de Buenas Aires en la república Argentina.
Permítame felicitarlo por tan buena obra. Estoy ansioso por leer la primera
parte y ¿quiero sabe cuándo me la envía?
Gabo: Señor Porrúa, voy a ser muy franco con
Usted la verdad que Mercedes y yo no la mandamos completa por falta de dinero y
bueno le presentamos disculpar por no haber mandado la primera parte primero.
Esto es fruto del azar, y bueno de la prisa que teníamos por enviarle el
original. De tal manera, que apenas tengamos el dinero le estaremos enviando.
Francisco Porrúa: Señor García Márquez,
no hay problema. Inmediatamente le giro un dinero para que tenga con qué mandar
la parte que falta y pasarla inmediatamente a la imprenta.
Gabo:
Hombe! Le agradezco mucho.
Francisco Porrúa: Con gusto y estoy
pendiente de tu envío.
Narrador: Y, de esta manera, concluyen
todas las peripecias vividas por la familia de García Márquez en la bonita
aventura de escribir la novela Cien años de soledad, con la cual, en 1982 ganó
el premio nobel de literatura. Como enseñanza de esta experiencia de nuestro
nobel de literatura; Gabriel García Márquez vio en la escritura una posible solución a todos esos problemas;
también que en cualquier obra pequeña o grande que realicemos debemos hacer las
cosas con disciplina, dedicación, constancia y mucha fe.