sábado, 10 de agosto de 2024

Domingo XIX del tiempo ordinario PROCLAMAD CONMIGO LA GRANDEZA DEL SEÑOR (Sal 33). «¡Levántate, come!» (1Re), el toque de Dios

 

La situación de Elías en la que se encuentra, es de miedo y desánimo, las ganas de colgar los guayos, como dicen en el argot deportivo. ¿Quién no ha tenido miedo y desánimo? Y en esa situación buscamos nuestra propia solución y es lo que hace Elías, “Él tuvo miedo, se levantó y se fue para salvar su vida”. Por eso huimos de Dios. Pero, esa solución sin Dios, al final, nos cansamos y nos rendimos sin valor ni siquiera para devolvernos. Esa es la situación de Elías. Y es la situación de la humanidad que corre tras muchas cosas: fama, poder, dinero, moda…

Pero allí, en la  peor situación aparece Dios. El texto de este domingo dice: De pronto un ángel lo tocó y le dijo: «¡Levántate, come!» (1Re. 19, 5b). Pero, el desánimo de Elías era tan grande que se volvió a dormir.

“Pero el ángel del Señor le volvió a tocar y le dijo: «¡Levántate, come!” (1Re 19, 7).

El alimento del Señor es fortaleza inmensa, el texto de este domingo termina: “Elías se levantó, comió y bebió, y, con la fuerza de aquel alimento, caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta el Horeb, el monte de Dios.” (1Re 19,8). Nos da fuerza para llegar hasta Dios, porque siempre nos da más de lo que nosotros pedimos.

 

El Plan de Dios

Pero, el problema del ser humano es que no quiere alimentarse de las fuentes que el Señor Jesús ha dejado en su Iglesia. El cuarto evangelio tiene dos versículos muy interesantes: Uno es, escuchar “Todo el que escucha lo que dice el Padre y aprende viene a mí”. Ese escuchar nos debe llevar al encuentro con Jesús, y por eso El nos dice: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo” (Jn 6, 51).

Dios nos sigue tocando para que nos levantemos y sigamos el camino.

Por eso el apóstol Pablo nos exhorta, haciendo un paralelo entre lo malo que debemos desterrar de nosotros y de lo bueno que debemos practicar. “Desterrad de vosotros la amargura, la ira, los enfados e insultos y toda la maldad”; y por otro lado, nos dice “sed buenos, comprensivos, perdonándoos unos a otros como Dios os perdonó en Cristo”.

Que cantemos con el salmo:

 

El ángel del Señor acampa

en torno a sus fieles y los protege.

Gustad y ved qué bueno es el Señor,

dichoso el que se acoge a él (Sal 33).

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