Con la ayuda de algunas fuentes se pretende responder a la pregunta:
¿Qué es Macando en la obra de Gabriel García Márquez?
Parece muy fácil responder a la pregunta, el pueblo creado por la
imaginación del gran literato colombiano Gabriel García Márquez, no obstante,
no se debe perder de vista que este gran autor es el padre del realismo mágico,
lo que significa que cabe el interrogante: qué es lo real y qué lo imaginario.
El diccionario RAE en línea define la palabra: "Árbol corpulento de
la familia de las Bombacáceas, semejante a la ceiba, que alcanza de 30 a 40 m
de altura"[1]. Sobre el árbol y en su relación con la obra de García Márquez, parece
plausible, la hipótesis que plantea: "lo más probable es que el nombre del
árbol americano que encontró Humboldt lo hubiera dado algún esclavo africano,
usando alguna de sus propias palabras, quizás usada para nombrar algún árbol
parecido, con hojas similares: no es extraño que Bonpland al darle el nombre
científico lo llamara “platanifolia”, de hojas como el plátano (Platanus sp.) A
pesar de las menciones a su uso como “plátano”, no parece que evocara
plantaciones de banano (Musa), aunque apareciera en el letrero que identificaba
a una de ellas en los años treintas."[2]
También, es un pueblo étnico africano que tiene su origen en
"Tanzania y el norte de Mozambique. El Makonde desarrolló su cultura en la
meseta Mueda en Mozambique. En la actualidad viven en Tanzania y Mozambique y
tiene una pequeña presencia en Kenia. La población Makonde en Tanzania se
estimó en 2001 para ser 1.140.000, y el censo de 1997 en Mozambique puso a
población Makonde en ese país a 233.358, para una aproximación total de
1.373.358"[3])
en este caso se trata de Makonde. En este sentido se puede afirmar que los
Makonde son un símbolo de libertad ya que se dice que "El Makonde resistió
con éxito la depredación por los esclavistas europeos y africanos, árabes y, no
cayeron bajo el poder colonial hasta la década de 1920. Durante la década de
1960 la revolución que expulsó a los portugueses de Mozambique fue lanzado
desde el país de origen de la meseta de Makonde Mueda"[4]
De igual manera, se sabe que "La primera mención del árbol “macondo” que la Biblioteca Virtual ha podido localizar fue hecha por el viajero Alejandro de Humboldt, quien vio este árbol en las cercanías de Turbaco, en 1801, cuando fue a visitar los volcanes de lodo con Luis de Rieux"[5], dato histórico interesante en este relato. Esto solo para mostrar que el término ofrece un haz de posibilidades de análisis e interpretación asunto que ciertamente no se aborda en el presente artículo. Regresando a la obra de García Márquez solamente en Cien Años de Soledad aparece 180 veces, él mismo (2002) dice: “El tren hizo una parada en una estación sin pueblo, y poco después pasó frente a la única finca bananera del camino, que tenía el nombre escrito en el portal: Macondo. Esta palabra me había llamado la atención desde los primeros viajes con mi abuelo, pero sólo de adulto descubrí que me gustaba su resonancia poética. Nunca se lo escuché a nadie ni me pregunté siquiera que significaba… Lo había usado ya en tres libros, como nombre de un pueblo imaginario, cuando me enteré en una enciclopedia casual, que es un árbol del trópico parecido a la ceiba, que no produce flores ni frutos, y cuya madera esponjosa sirve para hacer canoas y esculpir trastos de cocina. Más tarde descubrí en la Enciclopedia Británica que en Tanganyika existe la etnia errante de los makondos y pensé que aquel podía ser el origen de la palabra. Pero nunca lo averigüé ni conocí el árbol, pues muchas veces pregunté por él en la zona bananera y nadie supo decírmelo. Tal vez no existió nunca”.[6]
De igual manera, se sabe que "La primera mención del árbol “macondo” que la Biblioteca Virtual ha podido localizar fue hecha por el viajero Alejandro de Humboldt, quien vio este árbol en las cercanías de Turbaco, en 1801, cuando fue a visitar los volcanes de lodo con Luis de Rieux"[5], dato histórico interesante en este relato. Esto solo para mostrar que el término ofrece un haz de posibilidades de análisis e interpretación asunto que ciertamente no se aborda en el presente artículo. Regresando a la obra de García Márquez solamente en Cien Años de Soledad aparece 180 veces, él mismo (2002) dice: “El tren hizo una parada en una estación sin pueblo, y poco después pasó frente a la única finca bananera del camino, que tenía el nombre escrito en el portal: Macondo. Esta palabra me había llamado la atención desde los primeros viajes con mi abuelo, pero sólo de adulto descubrí que me gustaba su resonancia poética. Nunca se lo escuché a nadie ni me pregunté siquiera que significaba… Lo había usado ya en tres libros, como nombre de un pueblo imaginario, cuando me enteré en una enciclopedia casual, que es un árbol del trópico parecido a la ceiba, que no produce flores ni frutos, y cuya madera esponjosa sirve para hacer canoas y esculpir trastos de cocina. Más tarde descubrí en la Enciclopedia Británica que en Tanganyika existe la etnia errante de los makondos y pensé que aquel podía ser el origen de la palabra. Pero nunca lo averigüé ni conocí el árbol, pues muchas veces pregunté por él en la zona bananera y nadie supo decírmelo. Tal vez no existió nunca”.[6]
En primer lugar, hay que destacar el gusto, no se puede escribir sobre
algo que no es agradable y mejor si es agradable poéticamente hablando, según
la opinión del mismo autor; pero como todo, el comienzo está en el hecho humano
de sorprenderse por el nombre o por la sonoridad quién sabe por qué. La cita
muestra como pasa por un buen tiempo desapercibido por el autor.
Por lo pronto de la mano del autor se sabe que al menos en la mente García
Marquiana, Macondo,[7]
está cerca de Aracataca porque el relato dice: “El tren pasaba a las 11 por la
finca Macondo, y diez minutos después se detenía en Aracataca. El día en que
iba con mi padre a vender la casa pasó con una hora y media de retraso… Yo
estaba en el retrete cuando empezó a acelerar y entró por la ventana rota un
viento ardiente y seco, revuelto con el estrépito de los viejos vagones y el
silbato despavorido de la locomotora. El corazón me daba tumbos en el pecho y
una nausea glacial me heló las entrañas. Salí a toda prisa, empujado por un
pavor semejante al que se siente con un temblor de tierra y encontré a mi madre
imperturbable en su puesto, enumerando en voz alta los lugares que veía pasar
por la ventana como ráfagas instantáneas de la vida que fue y que no volvería a
ser nunca jamás…”[8]
Además de servir de base de la afirmación sobre Macondo se debe observar
la habilidad para en un solo párrafo amalgamar un sinnúmero de cosas: la
ubicación geográfica, la demora del tren, -algo común en la historia del
transporte de muchos pueblos de
Colombia-, la emoción personal pues como será eso de que se le "heló las
entrañas" y finalmente la historia vista por su madre...
A pesar de lo afirmado no se debe perder de vista que "Los rasgos
de Macondo, modificados por la imaginación, provienen, sin duda alguna, de
pueblos como Aracataca, donde el autor pasó su infancia".
La afirmación de Vicent en una entrevista recogida por Telesur constata la gran habilidad narrativa de
García Márquez cuando responde: “la técnica narrativa y el poder de
transportarnos a esos mundos tan maravillosos, tan reales y tan mágicos que nos
absorben en esas sabrosas y cautivantes lecturas, ese inmenso poder creativo de
García Márquez de mostrarnos las cosas interpretadas a su modo que es nuestro
modo, es su gran aporte”[9].
Es lo sorprendentemente humano que se maravilla de lo cotidiano y es capaz de
detenerlo en el tiempo a través de un texto bello y eso es la narrativa y la
literatura.
Una aproximación a algunos textos de la obra Cien Años de Soledad dará
pistas sobre el tema que se viene tratando. No es un análisis pormenorizado por razones de tiempo y de espacio, es simplemente
colocar al lector ante los textos y unas posibles pistas interpretativas
abiertas al debate de los que son expertos en temas literarios y se hace desde
la afición que se tiene por estos temas.
La obra comienza con la descripción primordial del lugar paradisiaco:
"Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel
Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo
llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de veinte casas de
barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se
precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos
prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre,
y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo"[10].
De esta manera se traslada al lector a los orígenes mismos de la historia y del origen del pueblo, no se ha de perder de vista que la pregunta por el origen geográfico sigue siendo importante para el ser humano. Melquiades es el que trae los cambios, primero, con el regalo del laboratorio de alquimia, pero, también con todos los males que carga a cuestas como todo ser humano; y sin embargo, "quienes lo conocían desde los tiempos de la fundación de Macondo, se asombraban de cuánto había cambiado bajo la influencia de Melquíades"[11].
De esta manera se traslada al lector a los orígenes mismos de la historia y del origen del pueblo, no se ha de perder de vista que la pregunta por el origen geográfico sigue siendo importante para el ser humano. Melquiades es el que trae los cambios, primero, con el regalo del laboratorio de alquimia, pero, también con todos los males que carga a cuestas como todo ser humano; y sin embargo, "quienes lo conocían desde los tiempos de la fundación de Macondo, se asombraban de cuánto había cambiado bajo la influencia de Melquíades"[11].
Y en este desarrollo ideal no podía faltar la idea de la justicia, de la
equidad por eso el relato, también, habla de la importancia que tuvo Arcadio
Buendía en el desarrollo de Macondo:
"José Arcadio Buendía, que era el hombre más emprendedor que se
vería jamás en la aldea, había dispuesto de tal modo la posición de las casas,
que desde todas podía llegarse al río y abastecerse de agua con igual esfuerzo,
y trazó las calles con tan buen sentido que ninguna casa recibía más sol que
otra a la hora del calor. En pocos años, Macondo fue una aldea más ordenada y
laboriosa que cualquiera de las conocidas hasta entonces por sus 300
habitantes. Era en verdad una aldea feliz, donde nadie era mayor de treinta
años y donde nadie había muerto"[12].
El relato continúa en los orígenes idílicos destacando el orden, el trabajo y en resumen un pueblo feliz que más se podría pedir a la vida. No hay que perder de vista el origen de la fundación de Macondo: “En su juventud, él y sus hombres, con mujeres y niños y animales y toda clase de enseres domésticos, atravesaron la sierra buscando una salida al mar, y al cabo de veintiséis meses desistieron de la empresa y fundaron a Macondo para no tener que emprender el camino de regreso. Era, pues, una ruta que no le interesaba, porque sólo podía conducirlo al pasado”[13].
El relato continúa en los orígenes idílicos destacando el orden, el trabajo y en resumen un pueblo feliz que más se podría pedir a la vida. No hay que perder de vista el origen de la fundación de Macondo: “En su juventud, él y sus hombres, con mujeres y niños y animales y toda clase de enseres domésticos, atravesaron la sierra buscando una salida al mar, y al cabo de veintiséis meses desistieron de la empresa y fundaron a Macondo para no tener que emprender el camino de regreso. Era, pues, una ruta que no le interesaba, porque sólo podía conducirlo al pasado”[13].
La insistencia en la fundación y el hecho de dar razón de sus
circunstancias está presente con bastante frecuencia en esta primera parte del
relato: “José Arcadio Buendía soñó esa noche que en aquel lugar se levantaba
una ciudad ruidosa con casas de paredes de espejo. Preguntó qué ciudad era
aquella, y le contestaron con un nombre que nunca había oído, que no tenía
significado alguno, pero que tuvo en el sueño una resonancia sobrenatural:
Macondo. Al día siguiente convenció a sus hombres de que nunca encontrarían el
mar. Les ordenó derribar los árboles para hacer un claro junto al río, en el
lugar más fresco de la orilla, y allí fundaron la aldea.”[14].
Se debe tener en cuenta que para el mundo indígena y de manera especial
para el pueblo Wayúu los sueños son muy importantes tanto así que éstos tienen
su influencia en el mundo histórico, por una parte; y por otra, los sueños son
el espacio de encuentro con los difuntos por eso dice la leyenda que quien
sueña muriendo no se despierta nunca más. También hay que resaltar que el
apellido Iguarán en la Alta Guajira pertenece a una de las castas muy
importantes de este pueblo indígena, de allí que no sea extraño encontrar en la
literatura de García Márquez el tema de los sueños.
Así comienza Crónica de una muerte anunciada: “El día en que lo iban a
matar, Santiago Nasar se levantó a las 5.30 de la mañana para esperar el buque
en que llegaba el obispo. Había soñado que atravesaba un bosque de higuerones
donde caía una llovizna tierna, y por un instante fue feliz en el sueño, pero
al despertar se sintió por completo salpicado de cagada de pájaros. «Siempre
soñaba con árboles», me dijo Plácida Linero, su madre, evocando 27 años después
los pormenores de aquel lunes ingrato. «La semana anterior había soñado que iba
solo en un avión de papel de estaño que volaba sin tropezar por entre los
almendros», me dijo. Tenía una reputación muy bien ganada de interprete certera
de los sueños ajenos, siempre que se los contaran en ayunas, pero no había
advertido ningún augurio aciago en esos dos sueños de su hijo, ni en los otros
sueños con árboles que él le había contado en las mañanas que precedieron a su
muerte”[15].
Así continúa el relato con temas como el asunto de que no había
cementerio porque nadie había muerto todavía o el ataque de insomnio[16],
lo que no puede pasar por alto es la presencia de “Francisco el hombre” por su
relación con el origen del Vallenato y del Festival mismo.
De esta manera, lo presenta el relato: “Meses después volvió Francisco
el Hombre, un anciano trotamundos de casi doscientos años que pasaba con
frecuencia por Macondo divulgando las canciones compuestas par él mismo. En
ellas, Francisco el Hombre relataba con detalles minuciosos las noticias
ocurridas en los pueblos de su itinerario, desde Manaure hasta los confines de
la ciénaga, de modo que si alguien tenía un recado que mandar a un acontecimiento
que divulgar, le pagaba dos centavos para que lo incluyera en su repertorio.
Fue así como se enteró Úrsula de la muerte de su madre par pura casualidad, una
noche que escuchaba las canciones con la esperanza de que dijeran algo de su
hijo José Arcadio. Francisco el Hombre, así llamado porque derrotó al diablo en
un duelo de improvisación de cantos, y cuyo verdadero nombre no conoció nadie,
desapareció de Macondo durante la peste del insomnio y una noche reapareció sin
ningún anuncio en la tienda de Catarino. Todo el pueblo fue a escucharlo para
saber qué había pasado en el mundo”[17].
Todos los misterios se resuelven en Macondo menos la muerte del esposo
de Rebeca: Ella “declaró después que cuando su marido entró al dormitorio ella
se encerró en el baño y no se dio cuenta de nada. Era una versión difícil de
creer, pero no había otra más verosímil, y nadie pudo concebir un motivo para
que Rebeca asesinara al hombre que la había hecho feliz. Ese fue tal vez el
único misterio que nunca se esclareció en Macondo.”[18].
En Macondo hay lugar para todo y uno de esos es para la imaginación
desbordante de su narrador: “Los habitantes de Macondo, que ya no recordaban
las empresas colosales de José Arcadio Buendía, se precipitaron a la ribera y
vieron con ojos pasmados de incredulidad la llegada del primer y último barco
que atracó jamás en el pueblo. No era más que una balsa de troncos, arrastrada
mediante gruesos cables por veinte hombres que caminaban por la ribera”[19]. Pero Macondo, es también el lugar para el asombro: “Deslumbrada por
tantas y tan maravillosas invenciones, la gente de Macondo no sabía por dónde
empezar a asombrarse, Se trasnochaban contemplando las pálidas bombillas
eléctricas alimentadas por la planta que llevó Aureliano Triste en el segundo
viaje del tren, y a cuyo obsesionante tumtum costó tiempo y trabajo
acostumbrarse. Se indignaron con las imágenes vivas que el próspero comerciante
don Bruno Crespi proyectaba en el teatro con taquillas de bocas de león, porque
un personaje muerto y sepultado en una película, y por cuya desgracia se
derramaron lágrimas de aflicción, reapareció vivo y convertido en árabe en la
película siguiente”[20].
Para cerrar este paseo, por algunos de los textos de Cien Años de Soledad en relación
con Macondo, se debe decir que en definitiva la conclusión del autor en el
Coronel no tiene quien le escriba es: “que lo único seguro que llega es la
muerte”[21]
cuando dice: “Aureliano Segundo regresó a la casa con sus baúles, convencido de
que no sólo Úrsula, sino todos los habitantes de Macondo, estaban esperando que
escampara para morirse.”[22] Lo
que indica que es hora de volver a la realidad. Desde el punto de vista externo debe quedar claro que Macondo es un
árbol y un grupo étnico africano.
Desde la obra misma, Macondo es la combinación primordial en su acepción
más profunda de “principio fundamental de cualquier cosa” (Diccionario RAE en
línea), en este caso de las raíces de los pueblos colombianos, por una parte; y
por otra, la realidad de la tragedia humana, la incomunicación en la que se ha
mantenido a los pueblos a lo largo y ancho de la geografía colombina. Pero, la que pone fin a todo es la muerte el máximo límite de la
existencia humana, por eso, no tiene un final feliz porque así cierra el autor
su obra: “Macondo era ya un pavoroso remolino de polvo y escombros centrifugado
por la cólera del huracán bíblico, cuando Aureliano saltó once páginas para no
perder el tiempo en hechos demasiado conocidos, y empezó a descifrar el
instante que estaba viviendo, descifrándolo a medida que lo vivía,
profetizándose a sí mismo en el acto de descifrar la última página de los
pergaminos, como si se estuviera viendo en un espejo hablado… Sin embargo,
antes de llegar al verso final ya había comprendido que no saldría jamás de ese
cuarto, pues estaba previsto que la ciudad de los espejos (o los espejismos)
sería arrasada por el viento y desterrada de la memoria de los hombres en el
instante en que Aureliano Babilonia acabara de descifrar los pergaminos, y que
todo lo escrito en ellos era irrepetible desde siempre y para siempre porque
las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda
oportunidad sobre la tierra”.
Aportes y críticas constructivas: ciberpastoral@gmail.com
Aportes y críticas constructivas: ciberpastoral@gmail.com
[2] http://aristobulo.psuv.org.ve/wp-content/uploads/2008/10/garcia-marquez-gabriel-cien-anos-de-soledad1.pdf
[4] ((http://en.wikipedia.org/wiki/Makonde_people traducción libre del inglés. Hablan Makonde, también conocido como
ChiMakonde, una lengua bantú estrechamente relacionado con Yao.
[21]
“Cuando acabó de leer repuso las cartas en la letra correspondiente pero no
dijo nada. Se sacudió la palma de las manos y dirigió al coronel una mirada
significativa. -Tenía que llegarme hoy con seguridad -dijo el coronel. El
administrador se encogió de hombros. -Lo único que llega con seguridad es la
muerte, coronel”
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