INTRODUCCIÓN
La lectoescritura es una preocupación de las Comunidades Educativas, por este motivo se debe construir colectivamente estrategias, proyectos, ideas... comparto un texto para el trabajo con estudiantes de la IE. Las Marías, invito a enviar sus ideas, críticas, aportes...
DBA: Interpreta textos informativos, expositivos, narrativos, líricos, argumentativos y descriptivos, y da cuenta de sus características formales y no formales.
Evidencia de aprendizaje: Identifica y caracteriza
al posible destinatario del texto a partir del tratamiento de la temática.
Identifica elementos como temáticos, léxico especializado y estilo empleados en
los textos. Ubica el texto en una tipología particular de acuerdo con su
estructura interna y las características formales empleadas.
El Relojero (Parábola de Mamerto
Menapace).
De esto hace mucho
tiempo. Época en la que todavía todo oficio era un arte y una herencia. El hijo
aprendía de su padre, lo que éste había sabido por su abuelo. El trabajo
heredado terminaba por dar un apellido a la familia. Existían así los Herrero,
los Barrero, la familia de Tejedor, etcétera.
Bueno, en aquella época y en un pueblito perdido en la montaña,
pasaba más o menos lo mismo que sucedía en todas las otras poblaciones. Las
necesidades de la gente eran satisfechas por las diferentes familias que con
sus oficios heredados se preocupaban de solucionar todos los problemas. Cada
día, el aguatero con su familia traía desde el río cercano toda el agua que el
pueblito necesitaba. El cantero hacía lo mismo con respecto a las piedras y
lajas necesarias para la construcción o reparación de las viviendas. El
panadero se ocupaba con los suyos de amasar la harina y hornear el pan que se
consumiría. Y así pasaba con el carnicero, el zapatero, el relojero. Cada uno
se sentía útil y necesario al aportar lo suyo a las necesidades comunes. Nadie
se sentía más que los otros, porque todos eran necesarios.
Pero un día algo vino a turbar la tranquila vida de los
pobladores de aquella aldea perdida en la montaña. En un amanecer se sintió a
lo lejos el clarín del heraldo que hacía de postillón o correo. El retumbo de
los cascos de caballo se fue acercando y finalmente se lo vio doblar la calle
que daba entrada al pueblito: un caballo sudoroso que fue frenado justo delante
de la puerta de la casa del relojero. El heraldo le entregó un grueso sobre que
traía noticias de la capital. Toda la gente se mantuvo a la expectativa a la
puerta de sus casas a fin de conocer la importante noticia que seguramente se
sabría de un momento al otro.
Y así fue efectivamente. Pronto corrió por todo el pueblo la voz
de que desde la capital lo llamaban al relojero para que se hiciera cargo de
una enorme herencia que un pariente le había legado. Toda la población quedó
consternada. El pueblito se quedaría sin relojero. Todos se sintieron turbados
frente a la idea de que desde aquel día, algo faltaría al irse quien se ocupaba
de atender los relojes con los que podían conocer la hora exacta.
Al día siguiente una pesada carreta cargada con todas las
pertenencias de la familia, cruzaba lentamente el poblado, alejándose quizás
para siempre rumbo a la ciudad capital. En ella se marchaba el relojero con
toda su gente: el viejo abuelo y los hijos pequeños. Nadie quedaba en el lugar
que pudiera entender de relojes.
La gente se sintió
huérfana, y comenzó a mirar ansiosamente y a cada rato el reloj de la torre de
la Iglesia. Otro tanto hacía cada uno con su propio reloj de bolsillo. Con el
pasar de los días el sentimiento comenzó a cambiar. El relojero se había ido y
nada había cambiado. Todo seguía en plena normalidad. El aparato de la torre y
los de cada uno seguía rítmicamente funcionando y dando la hora sin
contratiempo alguno.
-¡Caramba!- se decía
la gente. Nos hemos asustado de gusto. Después de todo, el relojero no era una
persona indispensable entre nosotros. Se ha marchado y todo sigue en orden y
bien como cuando él estaba aquí. Otra cosa muy distinta hubiera sido sin el
panadero. No había porqué preocuparse. Bien se podía vivir sin el ausente.
Y los días fueron
pasando, haciéndose meses. De pronto a alguien se le cayó el reloj, y aunque al
sacudirlo comenzó a funcionar, desde ese día su manera de señalar la hora ya no
era de fiar. Adelantaba o atrasaba sin motivo aparente. Fue inútil sacudirlo o
darle cuerda. La cosa no parecía tener solución. De manera que el propietario
del aparato decidió guardarlo en su mesita de luz, y bien pronto lo olvidó al
ir amontonando sobre él otras cosas que también iban a para al mismo lugar de
descanso.
Y lo que le pasó a
esta persona, le fue sucediendo más o menos al resto de los pobladores. En
pocos años todos los relojes, por una causa o por otra, dejaron de funcionar
normalmente, y con ello ya no fueron de fiar. Recién entonces se comenzó a
notar la ausencia del relojero. Pero era inútil lamentarlo. Ya no estaba, y
esto sucedía desde hacía varios años. Por ello cada uno guardó su reloj en el
cajón de la mesa de luz, y poco a poco lo fue olvidando y arrinconando.
Digo mal al decir que
todos hacían esto. Porque hubo alguien que obró de una manera extraña. Su reloj
también se descompuso. Dejó de marcar la hora correcta, y ya fue poco menos que
inútil. Pero esta persona tenía cariño por aquel objeto que recibiera de sus
antepasados, y que lo acompañara cada día con sus exigencias de darle cuerda
por la noche, y de marcarle el ritmo de las horas durante la jornada. Por ello
no lo abandonó al olvido de las cosas inútiles. Cierto: no le servía de gran
cosa. Pero lo mismo, cada noche, antes de acostarse cumplía con el rito de
sacar el reloj del cajón, para darle fielmente cuerda a fin de que se
mantuviera funcionando. Le corregía la hora más o menos intuitivamente
recordando las últimas campanadas del reloj de la iglesia. Luego lo volvía a
guardar hasta la noche siguiente en que repetía religiosamente el gesto.
Un buen día, la población fue nuevamente sacudida por una
noticia. ¡Retornaba el relojero! Se armó un enorme revuelo. Cada uno comenzó a
buscar ansiosamente entre sus cosas olvidadas el reloj abandonado por inútil a
fin de hacerlo llegar lo antes posible al que podría arreglárselo. En esta
búsqueda aparecieron cartas no contestadas, facturas no pagadas, junto al reloj
ya medio oxidado.
Fue inútil. Los viejos engranajes tanto tiempo olvidados,
estaban trabados por el óxido y el aceite endurecido. Apenas puestos en
funcionamiento, comenzaron a descomponerse nuevamente: a uno se le quebraba la
cuerda, a otro se le rompía un eje, al de más allá se le partía un engranaje.
No había compostura posible para objetos tanto tiempo detenidos. Se habían
definitiva e irremediablemente deteriorado.
Solamente uno de
los relojes pudo ser reparado con relativa facilidad. El que se había mantenido
en funcionamiento aunque no marcara correctamente la hora. La fidelidad de su
dueño que cada noche le diera cuerda, había mantenido su maquinaria lubricada y
en buen estado. Bastó con enderezarle el eje torcido y colocar sus piezas en la
posición debida, y todo volvió a andar como en sus mejores tiempos.
La
fidelidad a un cariño había hecho superar la utilidad, y había mantenido la
realidad en espera de tiempos mejores. Ello había posibilitado la recuperación.
A cada color se le debe dar un título.
Con esos datos hacer un esquema.
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¿Qué finalidad tiene el texto?